EL HOMBRE COMO: PERSONA
Boecio, quien vivió en el siglo vi, definió a la persona
como una “sustancia individual de naturaleza racional”. Desde
Aristóteles, la sustancia se viene definiendo como algo que es
en sí y no en otro, de lo cual inferimos que la persona en tanto
sustancia es sustento de sí misma, de todos y de cada uno de
sus actos. Como sustancia individual, se admite que la persona
no se puede dividir, sino que al ser uno, es indivisible. Como
ser racional, la persona es libre y consciente de sus actos.

Un filósofo más reciente, Emmanuel Mounier, creador de la corriente
mejor conocida como Personalismo, define a la persona a partir
de cuatro elementos:
1. Salir de sí: esto es, descentrarse, estar disponible, en una palabra,
apertura.
2. Comprender: esto es, abandonar el propio punto de vista para acoger
el del otro.
3. Asumir: como tomar sobre sí, hacerme cargo.
4. Dar: como expresión de gratuidad y generosidad.
5. Fidelidad: en el amor, en la amistad, como expresión de consecuencia y no de obsecuencia.
5. Fidelidad: en el amor, en la amistad, como expresión de consecuencia y no de obsecuencia.
Bajo este enfoque, la persona se define en función de la posesión o
no de ciertas disposiciones cognitivas y afectivas, tales como la tolerancia,
empatia, cuidado del otro, generosidad y lealtad. La persona,
de ser una sustancia individual, pasa a ser una “sustancia relacional".
La persona, desde el personalismo comunitario de Díaz,
es sustancia relacional; es realidad en sí, tal realidad en sí es de
naturaleza relacional-intercomunicada. La persona es siempre
en el marco de unas relaciones posibles entre un yo-y-tú y un
tú-y-nosotros.
Sin existir el reconocimiento explícito de la persona como sujeto con
potencialidades propias, entendida ésta como realidad de los posible, la
propia ética no sería posible, ya que para ello se requiere de un sujeto
con posibilidades del ejercicio de la libertad, no de un ser cosificado e
instrumentalizado.
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